miércoles, 24 de agosto de 2016

Ciudad Luz. Categoría: Relato

Sigue estando París en su misterio, en sus luces, en sus calles; abriéndose a mi caminata, y mi caminata aún es insuficiente. 

Es posible que nuestras experiencias en determinados lugares queden marcadas por la primera estancia. Los recuerdos son imágenes. Mis imágenes son esquivas la mayoría de las veces; más si llegan al recuerdo barridas por la ventana de un camión que ha paseado por los monumentos importantes de París. Recuerdo el obelísco de Luxor de Plaza de la Concordia, erigido para el culto al Dios Ra. (Hasta ahora no aparece la luz como personaje, pero más adelante será importante), y el más antiguo de los monumentos de París. El hotel estaba lejos, a las afueras. En mis ojos, aquella tarde: los retorcidos fierros de la torre Eiffel y una panorámica nublada de París desde lo alto, con sus casas de ventanas blanquesinas y techos azul marino. Creo recordar que chispeó ligeramente.  La lejanía del hotel nos impidió el paseo por el jardín de Tullerías. Digo que nuestras experiencias quedan marcadas por la primera estancia porque la primera noche, de mi primera visita a París, nos quedamos en nuestra habitación esperando que oscureciera: actividad contemplativa y al menos relajante ante la frustración de no poder caminar. Las ciudades se conocen en las caminatas. La ciudad se nos pasó de noche porque al ser menores de edad no nos dejaron salir a inspeccionar la ciudad. Quiero creer que la ubicación del hotel no era segura. Vuelvo al acto de la paciente espera del anochecer; la discusión en espiral sobre la rotación de la tierra y el asombro que  se sucedió a molestia y por último a conformismo ante el hecho de ver claridad pasadas las doce de la noche. Asombro porque tal fenómeno no ocurre en la Ciudad de México, molestia porque una de las compañeras de cuarto quería dormir, conformismo porque al menos los mayores de edad no verían tanto tiempo las luces de Eiffel (Sí, celebramos eso). Ese efecto de luminosidad constante sigue pasando las veces que he vuelto a París, pero con una claridad en cierto punto cegadora. Del día siguiente sólo recuerdo dos momentos memorables: cuando descubrí que la Mona Lisa era un cuadro pequeño comparado a lo que había imaginado y que no me causó el temblor del Bautista unos pasos antes,  (posiblemente por la escafandra transparente que le han puesto para protegerla de asaltos). El otro,  cuando me perdí al salir del Louvre en una pequeña calle que me condujo a una chocolatería donde compré un delicioso chocolate con almendras; recuerdo memorable si aparecen en mi mente las bolsas de Miss Sixty y los comentarios de algunos asistentes al tour estupefactos por que los taxis fueran Mercedes; sin olvidar los rostros de sorpresa porque yo sólo hubiera comprado chocolate amargo. Recuerdo el obelisco otra vez. De nuevo sombras. He allí lo que ha sido París cada vez que vuelvo: una luz intensa que ciega y un sabor dulce y amargo al mismo tiempo como el del chocolate oscuro (las almendras se cuecen aparte). Aquella primera noche no nos esperamos a que terminara de anochecer, por la chica molesta que quería dormir y no podía hacerlo por la luz. Cerramos las cortinas. Han pasado catorce años de esa primera vez y hoy me pregunto qué hubiera pasado si no hubiéramos corrido las cortinas; tal vez, al menos visto con cierta perspectiva de futuro, la luz, al día siguiente, hubiera sido más nítida. Por alguna extraña razón todas mis visitas subsecuentes han faltado de una nitidez necesaria. Como sea, algo bello permanece de todo esto: el chocolate oscuro sigue siendo mi predilecto desde niña. Las sombras entre mis recuerdos le dan otra mirada a la luz. Mi recuerdo regresa al obelisco de la Concordia, para que algún signo egipcio prevarique en mi memoria e invente qué viene después. De nuevo sombras. Mis dedos se asoman a la cortina. Sigue sin anochecer. 
Natalia González Gottdiener. mayo, 2016.
(Tomada desde el Centro George Pompidou. 
Día de lluvia. Casi 4 de la tarde.)


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