Cuando
era niña sólo le tenía miedo a Cocijo. Para mí era un hombre-dios de voz grave
y decidida. Su rostro muchos años me pareció un nido de revelaciones. Lo conocí
en un viaje a Oaxaca al que fui con mis padres. A él le causaba risa cómo me
escondía detrás de las grecas de Mitla y Montealbán cada vez que me decía: “Soy
el dios Cocijo y he venido a buscarte”. Desde
entonces, cada vez que me veía, inevitablemente repetía esa leyenda y yo me
sonrojaba y me escondía detrás de mi padre. Lo reconocí con el nombre del dios, mismo que
aceptó gustoso hasta su muerte. En una ocasión fui con mi madre a comer a su departamento,
en la calle de Tlaxcala, en la Roma. Ya estaba en la Universidad. Entonces
conocí su estudio y un boceto que guardaba para recordar que algún tiempo quiso
ser pintor; sin embargo, al final, fueron el
blanco y el negro que dan sustancia a la fotografía sus únicos colores.
Pitao Cocijo quiere decir rayo en zapoteco, y es el dios de la lluvia. A mi
vida por alguna razón no le gustan los hechos aislados. A él tampoco. Por eso
sus fotografías denuncian actos de represión con tanta fidelidad. Esa tarde
también conocí la historia del hombre que saltó una bala por conseguir un
disparo de cámara, y se dio a la fuga con su objetivo capturado en la lente. La
única vez en México que un disparo fotográfico esquiva el disparo de la
pistola. Lo imagino en su cuarto oscuro, en los años del halconazo, revelando La tercera caída: La golpiza a un
maestro en una manifestación, y veo esa imagen misma ahora, cuarenta y cinco
años después. Lo más difícil de una revelación es asumirla. Seguiremos cayendo
mientras no lo hagamos. Veo el tendedero de imágenes chorreantes de agua y la
sombra de un dios con nariz de serpiente y una vasija en las manos. Recuerdo
algo que me había dicho: "Me gusta que me digas Cocijo porque representa al rayo". Entiendo todo: el agua revelaba su mirada, la
misma que aún manifiesta a la tempestad y a los demonios.
Ese
día salí con una fotografía dedicada, misma que un día desapareció
misteriosamente de mi recámara. En ella escribió: “A Natalia, quien ya no teme
a Cocijo”. Ya no tengo la imagen, quien la tenga jamás podrá borrar de ella la huella
del rayo.
La tercera caída. Enrique Bordes Mangel y Cervantes, 1971
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